Por: Federico Acuña Mendoza* – Ing. Industrial y Periodista
La condena al expresidente Álvaro Uribe Vélez a 12 años de prisión marca un hito en la historia judicial y política de Colombia. Más allá del escándalo y la polarización, este fallo representa un acto de valentía y dignidad institucional. La jueza 44, Sandra Heredia, no solo actuó en estricto apego al derecho y a la Constitución, sino que lo hizo con el respeto debido al acusado, garantizando el debido proceso y los principios fundamentales del Estado de Derecho.
Su sentencia es ejemplar. No solo por el fondo jurídico, sino porque pone punto final al manoseo que por años sufrió la justicia a manos del poder político y económico. Este fallo no es contra un ciudadano cualquiera: es contra el símbolo de las élites que concentraron el poder en Colombia durante décadas, muchas veces desde las sombras, otras desde el miedo, y casi siempre con impunidad.
La decisión de la jueza Heredia es un mensaje claro para los magistrados y jueces que, por miedo o conveniencia, se dejaron cooptar por las influencias indebidas. Lo ocurrido hoy es un grito de independencia judicial que nos dice que sí es posible aplicar justicia incluso al más poderoso. Es también un parte de esperanza para quienes han creído que la ley es solo un instrumento al servicio de los privilegiados.
Viene ahora la apelación ante el Tribunal Superior de Bogotá, y eventualmente la casación ante la Corte Suprema si la defensa así lo decide. Pero algo está claro: cuando una primera y una segunda instancia coinciden en la condena, la reversión se vuelve improbable. La justicia está haciendo su trabajo, y el país lo está viendo.
Colombia está cambiando. Cambian los actores, se oxidan los viejos mecanismos de poder, y el pueblo, ese que por años fue marginado, hoy sonríe con esperanza. Porque cuando gobiernan los justos, el pueblo se alegra. La caída de Uribe marca también el fin simbólico del Centro Democrático, una organización política que sin su máximo líder no tiene ni liderazgo ni propósito. En cuidados intensivos desde hace tiempo, hoy firma su acta de defunción.
El reacomodo político es inevitable. Las fuerzas progresistas, que vienen en ascenso, tomarán ventaja. Y mientras tanto, los sectores que aún defienden el viejo modelo de privilegios, élites y exclusión, seguirán perdiendo fuerza ante una ciudadanía que ya no se deja engañar.
Hoy, aunque muchos no lo crean o no lo acepten, ha nacido una nueva Colombia. Una que cree más en los jueces valientes que en los caudillos poderosos. Una que empieza a caminar hacia la legalidad real, hacia una institucionalidad respetada y hacia una justicia sin apellido. . Nota: “las opiniones expresadas en esta columna solo obedecen a su autor y no representan la línea editorial de Casanari PRENSA.com”.





