
Me levanté el jueves pasado a las cinco de la madrugada con muchas ganas de trabajar en la finca; para esa hora Jairo estaba tomando café bien caliente y Lucy estaba preparando el desayuno para todos; los saludé y me dirigí al río Ariporo, que queda a unos cinco minutos de la finca, me quería dar un baño, pues me sentía andrajosa.
Llegué al río y a lo lejos vi a un grupo de chigüiros en un pequeño charco; dejé mis cosas a un lado y me metí al río en ropa interior. Estaba disfrutando de las corrientes frías y naturales del agua que corrían por todo mi cuerpo refrescándome, cuando escuché un lamento cercano, me asusté y me paré sobre las piedras del río para ubicar de dónde venía ese lamento de dolor, vi al grupo de chigüiros corriendo y alejándose como si estuvieran huyendo del chiras.
El lamento que escuché no fue un evento aislado y los llantos comenzaron a repetirse sin cesar, cada vez más y más ensordecedores, sentía que venían de todos lados, que estaban en el río, en los árboles, en la tierra y en las piedras. Esos sollozos me estaban rodeando, esos lamentos me asfixiaron y cuando volteé a ver el sol naciente, del río empezó a emerger una figura sombría, ¡De ella venían los lamentos! Me quedé perpleja y de repente el sol parecía esconderse entre las nubes, trayendo de nuevo la penumbra de la noche.
Escuché como gritaban “María José” a lo lejos mientras sentía dolores punzantes por los golpes que me di con las piedras; el agua corría sobre mí y mi cuerpo no respondía porque me pesaba, solo podía entreabrir los ojos y suplicar al cielo por ayuda.
Mi esposo Bernardo me encontró y me ayudó a levantarme, fue cuando me di cuenta que de mis brazos cayeron unos pequeños huesos parecidos a los de un bebé, estaba tan asustada que solo pude abrazar a mi esposo con las fuerzas que me quedaban y rompí en llanto, él me ayudó a cubrirme y me trajo a la finca. Eran las seis de la mañana y el sol en ningún momento se había apagado, Lucy y Jairo estaban preocupados por mí y mis niños, Pablo y Pedro, estaban desayunando. Estaba tan mal que no pude decir una sola palabra y solo entre a mi habitación para acostarme en la cama, tuve escalofríos y fiebre por un día entero.
Al día siguiente me levanté por el olor a tajadas y carne frita, bastimento que Lucy le estaba preparando a Bernardo y a Jairo, porque se iban de caza. Estaba tan enojada, me fastidiaba el olor de la carne y las tajadas, quería agarrar a Lucy de la cara y arrancársela, esa maldita sonrisa tan afable me fastidiaba y las jugarretas de los niños me estresaban, quería que todos desaparecieran y me dejaran en paz, por eso decidí irme a la caballeriza para poder respirar sin estas personas que, aunque antes amaba ahora odiaba. Luego escuché un infeliz pajarraco cantando; estaba en una tabla en la parte superior de la caballeriza y solo quería que se callara, subí y lo atrape, mientras lo tenía en la mano seguía cantando y para que parara lo aplaste contra el suelo con mis propias manos. ¿Qué he hecho?, ¿qué me está pasando?
En mi crisis escuché como Lucy saludaba a unos parientes, eso me trajo de vuelta del trance en el que estaba. Salí corriendo al río a lavarme mis manos manchadas de sangre inocente y encontré los huesos del día anterior y sin querer las lágrimas salieron de mis ojos, empecé a llorar, pero no sabía por qué, solo lo hacía, era un dolor que me invadía como los llantos del día anterior. Cerré mis ojos y de pronto estaba frente a la finca con una ira incontrolable, entré solo para sacar a patadas a los visitantes. ¿Qué hacían ellos en mi casa? Por eso me volví contra Lucy y la golpeé con una fuerza que no sabía que tenía, por fin le pude quitar esa sonrisa tan amable que siempre tiene; ella lucía tan confundida y tan asustada, pero ese miedo que vi en sus ojos, extrañamente, me generó una sensación de poder. Los niños lloraban, con un chillido muy estridente, ¡qué molestos son! ¡Cállense de una vez! Los agarré con fuerza y los encerré en la habitación, y aunque lloraban, lo único que podía pensar era que los odiaba y deseaba que murieran.
Al anochecer Bernardo y Jairo llegaron a la finca mientras yo estaba descendiendo al infierno de mi propio ser, Jairo llevó los caballos a la caballeriza y estos comenzaron a arrebatarse como si presintieran que algo malo iba a suceder. Mi querido esposo vino hacia mí con su encantadora sonrisa, pero no pude responderle ni con una mueca de alegría, algo dentro de mí estaba muerto, yo no era dueña de mi propio ser y las acciones que realizaba me eran dictadas por algo ajeno a mí.
Cuando vi su deslumbrante sonrisa, empecé a caer por un pozo que parecía no tener fondo, sentía el estómago vacío, mis sentidos estaban adormecidos, mi mente estaba en blanco, sentía mi cuerpo como si fuese de trapo, muy flácido pero incapaz de moverse por sí mismo. Cuando llegué al fondo de ese pozo profundo y tétrico, me encontré con una sustancia que empezó a envolverme y a tragarme asfixiándome, era espesa, caliente y con un gran olor a hierro. Mi cuerpo de trapo empezó a hundirse cada vez más y más, no podía respirar, me estaba muriendo, no sabía dónde estaba, ni qué estaba haciendo. ¿Dónde están mis hijos?, ¿Dónde estoy yo?, ¿Qué me está pasando?, ¿Por qué me estoy ahogando?, ¿Por qué estoy en este trance?, ¿Qué es esta fuerza que me está superando? ¿Por qué nadie me ayuda?, ¿Dónde está el amor de mi vida?
Logre ver el amanecer, pero Lucy estaba tirada en el suelo junto a Jairo, yacían sin vida en el jardín. ¿Quién pudo hacer esto? Volteé a mirar el salón de la finca, el amor de mi vida y todo por lo que vivía estaba muerto, Pablo y Pedro estaban muertos, la luz de mis ojos estaba muerta; en ese momento volví a descender al infierno, pero esta vez ya no era una ilusión, era la realidad golpeándome en la cara.
Bernardo estaba a su lado y ya no tenía esa sonrisa en su cara; solo tenía una expresión de desconcierto y dolor profundo, también estaba muerto.
¿Quién pudo hacerme esto? Mi mundo se derrumbó, el dolor que empecé a sentir no cabía en mi cuerpo y las lágrimas caían de mis ojos como dos cascadas que no se secaban, empecé a lamentar y gritar por el dolor que me quemaba por dentro, pero cuando intente llevar mis manos a mi cara para secar mis lágrimas cayó el cuchillo, cayó el arma homicida que había acabado con todo lo que yo tenía, mire mis manos y estaban cubiertas de sangre, de la sangre de mis hijos, de mi esposo y de mis empleados que tanto estimaba, mi cuerpo cayo de rodillas, estaba destrozada, estaba rota, el dolor me consumió, no pude soportarlo y solo me quedo ver el amanecer con lágrimas en los ojos justo antes de que yo volviera al eclipse solar que inició todo.
Por: Heliana González, Katherin Valbuena y Anderson Ortiz.





