
En Colombia hemos perfeccionado el arte de robar; la corrupción ha dejado de ser un delito para convertirse en un deporte de élite. Mientras en otros países constituye un crimen, aquí es una carrera profesional con posgrado. Si los atletas compiten por medallas, demasiados políticos, contratistas y funcionarios rivalizan por quién roba más, quién idea la estafa más creativa y quién evade consecuencias con mayor descaro.
Nuestros dirigentes no compiten por votos, sino por rapidez: quién desfalca más rápido los recursos hospitalarios, quién perpetra el fraude más obsceno en las contrataciones y quién, tras ser descubierto, logra aparecer llorando en prime time.
Sin embargo, hoy brilla un destello de esperanza: la Corte Suprema de Justicia parece decidida a quebrar ese récord de impunidad que nos deshonra. Y yo, como ciudadano hastiado de ver cómo esta patria se degrada en el paraíso de los pillos, proclamo con alivio: ¡Por fin!
LA JUSTICIA SELECTIVA: UNA FARSA QUE YA NO ENGAÑA A NADIE
¿No es vergonzoso que, en este país, un ladrón que roba un celular pase años en la cárcel, mientras quienes desfalcaron $70 mil millones de regalías en La Guajira —dinero que habría salvado a niños wayuu— hoy sean congresistas o asesores del gobierno? ¿O que quienes saquean hospitales, escuelas y los recursos de los más pobres reciban, como “castigo”, un ascenso, una embajada en Europa o una entrevista llorona en horario prime? Cuando un contratista desfalca $100 mil millones para una carretera fantasma en el Chocó, o cuando se reparten las regalías como en el escándalo de la UNGRD, el daño es mil veces peor que cualquier atraco callejero.
¿Dónde quedó ese cuento de la “igualdad ante la ley”? En Colombia, está claro: algunos son más iguales que otros. La misma justicia que, en 72 horas, captura a un vendedor ambulante, tarda años en investigar a los responsables del cartel de la Hemofilia, que mató a niños con medicamentos adulterados.
Aplaudo a la Corte Suprema de Justicia por hacer lo que ningún gobierno —ni de izquierda ni de derecha— ha tenido el valor de hacer: mandar a la cárcel a los corruptos sin mirar su partido, su apellido o sus conexiones. Porque el robo al Estado no tiene ideología, solo cómplices. Y ya basta de que nos vendan la excusa de que “todos lo hacen” como justificación para que nadie pague. ¡No, señores! Si todos se lanzan de un puente, ¿acaso la estupidez colectiva los absuelve? (Aunque, viendo cómo manejan este país, no me extrañaría que lo creyeran).
NO SOLO LOS DE AYER: LOS LADRONES DE HOY TAMBIÉN TIENEN QUE PAGAR
Ya sabemos cómo terminan estos dramas. Y ojo, no hablo solo de los corruptos de ayer, esos que ya disfrutan de su retiro dorado en Miami o Panamá, que aparecen con “enfermedades repentinas” o, peor aún, siguen en el poder. Hablo de los pillos de hoy, los que en este gobierno siguen repartiéndose el botín con la tranquilidad de quien sabe que, en Colombia, la justicia suele ser lenta, selectiva y, sobre todo, cobarde.
Pues bien, ya es hora de que la balanza se incline del lado correcto: que paguen todos, sin excepción ni distinción.
Mientras escribo esto, hay funcionarios repitiendo las mismas trampas de los contratos de oxígeno que nos dejaron sin respiradores en la pandemia. ¿Hasta cuándo permitiremos que jueguen con nuestra paciencia como si fuéramos tontos?
Que no nos sigan vendiendo el cuento de que “el sistema está colapsado” o que “no hay cupo en las cárceles”. Si toca construir más prisiones, que se construyan. Si hace falta hacer vaca entre todos para pagarlas, aquí está mi aporte. Total, ya estamos acostumbrados a poner de nuestro bolsillo lo que otros se roban. Pero esta vez, que sea para algo útil: para ver, por fin, a los grandes ladrones tras las rejas, compartiendo celda con el delincuente común que, al menos, tuvo la decencia de robar sin pretensiones de estadista.
Si el problema es que no hay cupo en las cárceles, propongo: Que les quiten sus fincas de lujo para construir nuevas prisiones. Que los jueces que archivan sus casos compartan celda con ellos. Que paguen con sus bienes mal habidos lo que robaron.
UN MENSAJE CLARO: LA FIESTA SE ACABÓ
Así que, Corte Suprema, no claudiquen. Sigan adelante, aunque les lluevan amenazas, aunque los llamen “perseguidores políticos”, aunque los corruptos se escondan detrás de sus abogados caros y sus influencias. Colombia está harta de la impunidad, harta del cinismo, harta de ver cómo los mismos de siempre salen ilesos.
Y a los corruptos, solo un mensaje: la fiesta se acabó. Que empiecen a memorizar el Himno Nacional, porque pronto lo estarán cantando desde la cárcel. O al menos, eso espero. Porque si esto termina en otro “síganme bailando”, entonces este país no tiene remedio. Y a los ciudadanos: ¿hasta cuándo seguiremos premiando con votos a los mismos de siempre?
¡A la cárcel todos, que la dignidad no puede seguir siendo rehén de los sinvergüenzas!
FERNANDO GARCIA CACERES – Administrador de Empresas – Especialista en Gestión Pública & Alta Gerencia. Nota: “las opiniones expresadas en ésta columna de opinión solo obedecen a su autor y no representan la linea editorial de Casanari PRENSA”.





